Cómo ser padre de un adolescente y no morir en el intento

Cuando, dándote por vencido, te vas a dormir antes que él.

Cuando de corregir su dicción, pasas a corregir su léxico.

Cuando en su recámara aparece un bafle y en tu mente, términos como “estridente”, “irreverente” y “decadente”.

Cuando lo invitas al cine y prefiere quedarse en casa frente a la computadora.

Cuando en vez de juguetes, pide un iPhone en su cumpleaños.

Cuando deja de hacer cara de asco si tiene que saludar a un congénere del sexo opuesto.

Cuando adivinas que su respuesta a lo que sea, será: “¡AASHHH!”.

Cuando todo lo que digas, no digas, hagas, no hagas, vistas, escuches o veas, sea motivo de burla.

Cuando le divierte referirse con apodos a sus maestros.

Cuando se burla de la lonchera de Bob Esponja de su atormentado hermanito.

Cuando los amigos usurpan tu papel de héroe en su vida.

Cuando el fin de semana se despierta a mediodía.

Cuando te odia por haber dicho su nombre en diminutivo.

Cuando tus lociones, gel para pelo, desodorante y rastrillo, incluidos tus tenis, cambian de dueño y domicilio permanentemente.

Cuando la nariz, las orejas y la boca le empiezan a crecer más rápido que el resto de la cara; y los brazos y las piernas se empiezan a estirar antes que el resto del cuerpo.

Cuando se convierte en unicornio durante la noche.
Cuando el barro en la nariz y reprobar de año adquieren la misma importancia.

Cuando al llegar despertarlo, el cuarto huele a feromonas.

Cuando perdonas a tus padres por lo que hasta ahora habías considerado una reacción injusta y exagerada de su parte, porque les contestaste igual que te está contestando ahora tu ‘querubín’.

Cuando pasas de convivir a conmorir con tu hijo.

Cada vez que sientas que tus fuerzas flaquean, cierra los ojos y repite este mantra:

Lo mejor de la adolescencia, es que es temporal.

Fuente: revista Mira
Imagen: fundaciontelevisa.com