¿Hijo adolescente? Es tu oportunidad de ser aún mejor padre Siempre conseguiremos más con el cariño de diez minutos que con tres horas de pelea

En el consultorio de orientación familiar, la madre de un adolescente de quince años, se expresaba: — ¡Pero si hace tan poco, mi Toño era un niño dócil, risueño, obediente! ¡Un encanto! Ahora el abominable monstruo de las nieves se asustaría con él. Llegadas nocturna a deshoras, reportes académicos negativos, cuando no va a clases madruga a las once de la mañana, su cuarto es un muladar, con sus amigotes fuma y toma cerveza, conduce el carro de la familia como si fuera el de los bomberos, y por encima… ¡Ah si yo le contara! ¡Además… nos juzga y descalifica!

¿Aborrecente? No…. Adolescente, alguien que transita hacia la madurez.

Nuestros adolescentes avivan el entendimiento y el ingenio pues en ellos se despierta un fuerte impulso para descubrir su yo mismo, su intimidad y su identidad. En este maravilloso proceso los padres nos llevamos sorpresas cuando aun dándonos dolores de cabeza, algunas veces nos juzgan de frente, y otras, después de observarnos con el rabillo del ojo. Entonces suelen darnos duro contestando irreverentes, rebelándose contra la autoridad, siendo grandes especialistas en dar la contra, pero… Lo cierto es que son la vida humana en una etapa de crecimiento que nos exige a los padres una nueva conversión hacia nuestra función de educadores. ¿Que si cuesta? vaya si no, tener que aguantarnos las ganas de un fuerte reclamo, para sin dejar de corregir, hacerlo ya calmados y rectificada nuestra intención, pues siempre conseguiremos más con el cariño de diez minutos que con tres horas de pelea. Cuando moderamos nuestro genio adquirimos o fortalecemos nuestra autoridad, y esa es precisamente la forma de acompañarlos.

Pero… ¿Cómo señalar un camino hacia esa conversión por amor, que nos exige mejorar primero como padres, para lograr luego ayudarlo en los cambios que naturalmente se dan en ellos?

¿Cuál sería esa señalización?

Aquí algunas formas, sin olvidar que el mejor pedagogo es fray ejemplo:

Saber corregir. Hacerlo con ánimo sereno, en privado, sin amenazar ni ofender. Que quede claro que se ataca el problema, la conducta, no a la persona. Al hacerlo, no buscar vencer o imponerse, sino convencer.

Prever consecuencias. Al advertir una sanción o castigo ante una falta reiterada por quebrantar una norma establecida, no debemos dejar de cumplirla por olvido, comodidad o indecisión, pues siendo así, seremos como el personaje del pastorcito y los lobos, terminando desprestigiados, sin credibilidad, y cuando nos decidamos que vaya en serio, no nos creerán. Se debe ser firme y justo.

Buscar la eficacia en la sanción. Al dar una sanción, que esta se encuentre relacionada con la falta cometida, por ejemplo: no quitar la salida al cine porque no lavo el coche, sino que posteriormente, debe lavar el coche más aspirar sus interiores. Lo que se busca no es un desquite, sino que mejore precisamente en lo que está fallando y adquiera más responsabilidad.

Saber perdonar. Cualquiera que fuera el error o falta cometida, él siempre debe tener confianza en nuestro perdón. Debe saber que reconocer las faltas y rectificar su actitud, lo hace crecer ante nuestros ojos. Que se enaltece y nos edifica.

Aprender a reconocer lo que hace bien. Estar pendientes para reconocer en el terreno de los hechos y en el momento mismo cuando hace las cosas bien; como: ¡Caramba, que bien arreglaste tu habitación! No solo reclamarle cuando no las hace, o no las ha hecho bien, haciéndole creer que solo tenemos capacidad o disposición para verle lo negativo. Nuestra tarea fomentar su autoestima.

Dirigirlo y delegarle. Cuando le mandamos a hacer algo, buscar en él una obediencia inteligente diciéndole además de lo que tiene que hacer, porque debe hacerlo; con qué debe hacerlo y el cómo debe hacerlo. Pero si insiste en que no es necesaria tanta información y sin haber mayores riegos, dejarlo hacer, revisar y solo corregir si es necesario. Recordar que lo que busca es afirmar sus capacidades, por lo que es necesario ayudarle a tomar decisiones propias y estar orgullosos de sus logros, como con un: ¡Oye, lo hiciste mejor que como yo te lo había sugerido! Fomentar su autonomía y auto concepto.

Ayudarle a ser ordenado. La mejor vía para la adquisición de virtudes es el orden, y una de las mejores formas de enseñárselo, es ser ordenados nosotros mismos. Que comprenda que no hay virtud sin orden. Que el orden lo abarca en toda su persona: en sus ideas, (lo que debe de hacer, en cuanto que es lo correcto); en sus acciones (hacerlas con eficacia); y en las emociones (hacerlo aunque no tenga ganas).

Cuidar su confianza. Ser discretos con lo que nos confía, sobre sus amigos, las chicas, la escuela, sus pasatiempos. Tener siempre el tiempo y la disposición para escucharlo. Que en lo que considera sus faltas o equivocaciones, sepa que nuestro afán no es juzgarlo, sino comprenderlo y que no hay nada de sus cosas, por pequeñas que sean, que no nos interesen mucho. Provocar un dialogo en los temas que más le interesan y en donde nosotros también le hablemos de nuestro modo de ver la vida, de nuestros valores, ayudándole a descubrirlos. Que nos conozca y le guste platicar con nosotros.

Reconocer nuestros errores. Saber pedir disculpas con sinceridad y naturalidad. Nuestros hijos pueden ser testigos de nuestros defectos, pero también deben serlo de nuestras luchas por superarnos. Eso los edifica. Ser capaces de ahogar el mal que hagamos, con abundancia de bien.

Cumplir las promesas. Si prometemos, adquiriendo un compromiso como dar un premio, regalo, etc. saber cumplir cabalmente. Olvidarlos equivale a no tomarlos en serio y quedar como mentirosos.

Enseñarle a ser alegre, con nuestro ejemplo. Que no digan que las únicas ocasiones en que sonreímos, son ante la cámara y por compromiso. El entusiasmo por la vida y el buen talante son testimonio de fortaleza interior con ejemplo que convence, arrastra, edifica. Un rasgo muy importante es que proyectemos satisfacción en nuestro trabajo y en la vida de hogar. Mostrarle que La alegría es signo de madurez.

Respetar su individualidad. Dejarlo ser él en su muy personal forma de hacer, decir; en sus silencios, emociones, sentimientos. Darle espacios a su intimidad y respetarla.

La adolescencia, siendo una etapa natural de transición y crecimiento, implica el riego del mal uso de la libertad que llega a causar grandes daños. Es necesario “estar ahí” para llegar antes. No instalarnos en una zona de confort evitando el conflicto y el esfuerzo de dirigirlos, pensando que como es muy inteligente, no necesita tanto de nosotros.

Por Orfa Astorga de Lira, Orientadora familiar. Máster en matrimonio y familia por la Universidad de Navarra.

Fuente: Aleteia
Imagen: imujer.com